Personajes históricos

Biografías destacadas

Por Bernardo Lozier Almazán

JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN

(Buenos Aires, 18 de diciembre de 1777 - 13 de marzo de 1850)

Juan Martín Mariano de Pueyrredón nació en Buenos Aires el 18 de diciembre 1776 en el hogar for­mado por el matrimonio del francés Juan Martín de Pueyrredón y Labrucherie y la porteña María Rita Damasia Dogan. Nació, diría Miguel Cané, “destinado a re­presentar en las luchas contra el extranjero, y aún en las sacudidas internas de la patria, el tipo de patricio, eman­cipado de la situación servil que avasallaba y modelado para la acción que se imponía a la balbuciente democracia colonial. Se educó en Europa pero fijó siempre la mirada de su alma en la playa lejana que le viera nacer, el último y silencioso rincón de la América española”.

Vicente Fidel López nos ha dejado una descripción fí­sica de Pueyrredón, “alto y de cabe­za erguida, más bien grave, templado; el ojo vivo y obser­vador, imperioso a veces, velaba con esmero en las deli­cadas urbanidades del trato social, afable para con todos, para elevados personajes y para humildes subalternos”.

Luego de cursar estudios de Humanidades regresó a Buenos Aires, donde se dedicó a atender los negocios de comercio iniciados por su padre.

Al producirse la invasión colonialista británica formó con sus hermanos, José Cipriano, Diego José y Juan An­drés, un escuadrón de caballería integrado con los gau­chos de la campaña que se batirían el 1 de Agosto de 1806 en Perdriel, con escasa fortuna dada la falta de ar­mamentos y poca instrucción de sus improvisadas mili­cias.

Pocos días después uniría sus tropas a las que Santiago de Liniers traía de la vecina orilla, por lo que el día 6 de agosto el futuro héroe de la Reconquista lo nombró comandante general “de todos los voluntarios de caballe­ría ligera”, y dio lugar al nacimiento del regimiento de Húsares de Pueyrredón. Posteriormente Liniers lo nombró teniente coronel, grado que le fue reconocido más tarde por Real Despacho del Monarca español.

Juan Martín de Pueyrredón inició su vida política cuando, durante el cabildo abierto del 14 de agosto bregó con singular vehemencia por la deposición del virrey Sobremonte.

Comisionado para viajar a España para pedir auxilios y obtener mejoras en favor de Buenos Aires, permaneció en la Corte durante tres años, hasta que se dio cuenta de que sus reclamos no serían atendidos.

De regreso en Buenos Aires, donde las autoridades vi­rreinales ya conocían las ideas emancipadoras que traía Pueyrredón, fue tomado prisionero y enviado a la Metró­poli. La nave que lo trasladaba naufragó, y él aprovechó el accidente para fugarse a Río de Janeiro.

Tras los acontecimientos de Mayo, volvió a Buenos Ai­res, y la Primera Junta le confió el gobierno de Córdoba y luego el de Charcas. En esta última ciudad le tocó sal­var los restos del ejército derrotado de Huaqui y llevar a cabo el famoso rescate de los caudales de Potosí; así permitió que el gobierno patrio dispusiera de fondos para afrontar los ingentes gastos de la campaña emancipa­dora.

Posteriormente integró el Primer Triunvirato, hasta que la revuelta del 8 de octubre de 1812 le significó el confinamiento en San Luis.

Cumplida la pena, el gobierno puntano lo designa di­putado ante el Congreso que debía reunirse en Tucumán. La anarquía que imperó en los prolegómenos de la asam­blea hizo que Pueyrredón fuera el candidato de transacción por lo que, contando con el apoyo de San Martín, Belgrano y Güemes, fue electo Director Supremo de las Provincias Unidas. Su gobierno debió sortear toda clase de escollos, de índole política, financiera, diplomática, demostrando su gran capacidad negociadora.

Por aquella época Pueyrredón recibió en su chacra de San Isidro al general José de San Martín, con quien man­tuvo prolongadas conferencias para trazar los planes que harían posible la campaña libertadora, cuyo único testi­go sobreviviente aún campea airosamente sobre la barranca: nos referimos al histórico algarrobo bajo cuya som­bra ambos próceres soñaron la libertad de América que hicieron realidad.

El apoyo prestado por Juan Martín de Pueyrredón a los planes del Libertador fue total, pese a las dificultades que le acarreaban como Director Supremo. En aquel momento le escribía al Gran Capitán diciéndole que: “Obraré según las necesidades, pero sin pensar jamás en suspender la empresa de Chile, porque de su ocupación debe resultarnos la recuperación del poder, riqueza y consideración política que hemos perdido”.

Consecuente con aquella entrega sin retaceos es una célebre carta que dirigió al Libertador, en los días en que se preparaba para marchar con su Ejército de los Andes: “Van oficios de reconocimiento a los Cabildos de esa y demás ciudades de Cuyo. Van todos los vestua­rios pedidos y muchas más camisas. Van 400 recados. Van los dos únicos clarines que se han encontrado. En enero se remitirán 1.387 arrobas de charqui. Van 200 sables de repuesto que me han pedido. Van 200 tiendas de campa­ña y pabellones, y no hay más. Va el mundo -¡va el de­monio!- y va la carne... Y no me vuelva a pedir más si­no quiere recibir la noticia de que he amanecido ahorca­do de un tirante en la fortaleza…”.

La concentración de sus esfuerzos en la campaña sanmartiniana facilitó la ocupación de la Ban­da Oriental por los portugueses, hecho que le aca­rreó serios problemas, resistencias y enemistades. Pos­teriormente, la recuperación de esta provincia significó un alto precio en vidas humanas y en definitiva su irreparable separación.

Superando las constantes adversidades, Pueyrredón pudo concretar una serie de obras que la historia le reconocerá por su enorme trascendencia: estableció la conta­bilidad del Estado, creó la Caja Nacional de Fondos de Sudamérica, fundó la Casa de la Moneda y reglamentó la función de la Aduana e impuso el régimen de saldo ex­portable para la remisión de productos al exterior. En materia educativa le cabe la gloria de proponer la erección de la Universidad de Buenos Aires y la reapertura del Colegio de San Carlos, al que dio nuevamente el nombre de Colegio de la Unión del Sur. Obtuvo la sanción del Reglamento Provisional de 1817, hasta tanto se dictara la Constitución definitiva, renunciando a su cargo de Director Supremo cuando en 1819 fue jurada esa carta.

Un año después se aleja del país y vive en Río de Janeiro, España y Francia. Vuelve varias veces a Buenos Aires, y muere en su chacra de San Isidro el 13 de marzo de 1850.

Había contraído matrimonio el 14 de mayo de 1815 con María Calixta Telle Echea y Caviedes, hija de don Francisco de Telle Echea, ajusticiado en 1812 en la Plaza de la Victoria por participar en la tristemente célebre conspiración encabezada por don Martín de Álzaga. Como miembro del Triunvirato había sido Juan Mar­tín de Pueyrredón uno de los firmantes de la trágica sentencia. Tuvo un único hijo, Prilidiano, ingeniero, arquitecto, y uno de los artistas mas relevantes del siglo XIX.

Hechos destacados

Pueyrredón estableció la conta­bilidad del Estado, creó la Caja Nacional de Fondos de Sudamérica, fundó la Casa de la Moneda y reglamentó la función de la Aduana e impuso el régimen de saldo ex­portable para la remisión de productos al exterior.

Un homenaje en Acassuso

El municipio de San Isidro recuerda a este vecino ilustre y prócer nacional y le rinde homenaje en una plaza que lleva su nombre ubicada en el Barrio Parque Acassuso, cir­cundada por la calle Victoria Aguirre, que luce su figura en una estatua y una placa conmemorativa.

¿Cómo llego a la Plaza Pueyrredón?

PRILIDIANO PUEYRREDÓN

(24 de enero de 1823, Buenos Aires, Argentina - 3 de noviembre de 1870, San Isidro, Buenos Aires, Argentina)

Prilidiano Pueyrredón, Autorretrato

Prilidiano Pueyrredón nació en Buenos Aires en la quinta “Santa Calixta” que sus padres tenían en la actual calle Libertad esquina Juncal. Su partida bautismal -que se encuentra en la iglesia de La Merced- nos informa: “El siete de febrero de 1823 con mi licencia, el Dr. Don Domingo Caviedes bautizó solemnemente a un párvulo que nació el día 24 de enero próximo pasado, y se llamó Prilidiano, hijo legítimo de Don Juan Martín de Pueyrredón y de Doña María Calixta Tellechea, natural de esta ciudad; fueron sus padrinos Don Manuel Martínez y García y Doña Dámasa Concepción Caviedes y de verdad la firmo el Dr. Julián Segundo de Agüero”.

Pueyrredón estudió en el Colegio de la Independencia, y desde niño demostró tener vocación por el dibujo. A los doce años, en 1835, viajó a España con sus padres, y regresó en 1841 luego de seis años, con una recalada de tres años de permanencia en Río de Janeiro.

A los 21 años, en 1844, emprendió nuevamente un viaje a Europa, para realizar estudios de pintura en Florencia. En París concurrió al prestigioso Instituto Politécnico, de donde egresó con el título de ingeniero, a la vez que perfeccionó sus conocimientos pictóricos. Su formación artística europea, especialmente francesa, se percibe en los aspectos formales y cromáticos de sus obras.

En 1848, Prilidiano regresa a Buenos Aires y ejerce su profesión de ingeniero.

Entre sus obras, se distinguen: la mansión de Miguel de Azcuénaga -actual residencia presidencial de Olivos-, el puente sobre el Riachuelo, las modificaciones de la antigua pirámide de Mayo, y la restauración de la Casa de Gobierno, en 1858.

En su chacra de San Isidro -actual Museo Pueyrredón- realizó obras y ampliaciones, como la gran galería que da frente al Río de la Plata, y las habitaciones en los altos, donde dispuso un estudio en el que pasaba varios días dedicado por entero a pintar.

Entre 1850 y 1851 realizó el célebre retrato de Manuelita Rosas, obra que representa serias dificultades cromáticas originadas por el predominante color punzó del traje que debía vestir la hija del Restaurador.

Retrato de Manuelita Rosas - 1851

Prilidiano fue un hombre de gustos refinados y conocimientos profundos de música, letras, ciencias naturales, filosofía y dominaba las ciencias exactas en sus disciplinas de la física, química, matemáticas y hablaba varios idiomas.

Así lo describe Marcos de Estrada: “Altura, corpulencia, ojos grandes e inquietos y un poco de sordera. Muy atrayente para las mujeres, no era fácil de persuadir y estaba a la defensiva por su espíritu libre y su deseo de consagrarse exclusivamente a su trabajo”.

Las famosas tres letras P (P.P.P.) con que firmaba sus cuadros e incluso utilizaba en su papel para correspondencia, originaron más de una polémica, ya que nadie ha podido aclarar la P que agregaba a las dos que le corresponden como iniciales de su único nombre y apellido. Hay quien sostiene que el 24 de enero, día de la Santa Patrona toledana Nuestra Señora de la Paz, y día de su cumpleaños, influyera para que adoptara esa otra P para invocar su recuerdo. Otros han supuesto caprichosamente que se llamaba Prilidiano Pedro Pueyrredón.

También se conjetura que las tres P significaban “Prilidiano Pueyrredón pinxit”, según la costumbre latina.

En tren de misterios, existe una obra de Prilidiano Pueyrredón que guarda un secreto familiar, y que felizmente el Museo “Brigadier General Juan Martín de Pueyrredón” pudo incorporar a su patrimonio en 1978 para exhibirla en una de sus salas.

Nos referimos al retrato de Magdalena Costa Ituarte, sobrina segunda del pintor y a quien pretendía; la obra presenta su mano derecha inconclusa, detalle que puede responder a un estado anímico del artista ocasionado por la negativa de los padres de Magdalena, a la solicitud de la mano.

José León Pagano opina que el retrato de Magdalena Costa Ituarte “es una pieza inapreciable y reveladora como organismo de puro contenido estético. No conozco nada suyo más representativo. Es una obra de un gran colorista”.

Como retratista Pueyrredón pintó a personas pertenecientes a la clase social de la que formaba parte. Algunos de los más conocidos son los de Adela Bustamante de Jiménez, Cecilia Robles de Peralta Ramos y su hijo Jorge (1861), Miguel de Azcuénaga (1864), Isidora Peralta Ramos, Estela Eastman de Barros (1865), el brigadier Manuel Guillermo Pinto y su esposa doña Juana García, Nicolás Avellaneda, Jacoba Cueto de Paz (1866), Juan Bautista Peña, Santiago Calzadilla, Elvira Lavalleja de Calzadilla (1859), Juan Martín de Pueyrredón (1870), y sus dos autorretratos.

También se dedicó a pintar escenas y costumbres rurales, paisajes tomados de la campaña bonaerense, algunos ejecutados en San Isidro como “Recorriendo la estancia” (1865), “San Isidro” (1867) y “Paisaje de la Costa”, los que además de ser muy bellos, tienen valor iconográfico y testimonial.

Prilidiano Pueyrredón murió soltero a los 47 años de edad, el 3 de noviembre de 1870. Está enterrado en el cementerio de la Recoleta. San Isidro lo considera con justo derecho su pintor.

Hechos destacados

José León Pagano opina que el retrato de Magdalena Costa Ituarte "es una pieza inapreciable y reveladora como organismo de puro contenido estético. No conozco nada suyo más representativo. Es una obra de un gran colorista".

Un homenaje en Acassuso

En su chacra de San Isidro -actual Museo Pueyrredón- realizó obras y ampliaciones, como la gran galería que da frente al Río de la Plata, y las habitaciones en los altos, donde dispuso un estudio en el que pasaba varios días dedicado por entero a pintar.

¿Cómo llego al Museo Pueyrredón?

MARÍA SÁNCHEZ DE THOMPSON

(Buenos Aires, 1 de noviembre de 1786 – 23 de octubre de 1868)

María de Todos los Santos Sánchez de Velazco, conocida como Mariquita Sánchez, nació en Buenos Aires el 1 de Noviembre de 1786, en la porteña calle Florida en el hogar de sus padres, el afortunado granadino, alcalde y regidor del Cabildo, don Cecilio Sánchez de Velazco y doña Magdalena Trillo.

Don Cecilio Sánchez de Velazco había comprado su quinta de San Isidro a los herederos de Pedro de Olivares, extensión que había formado parte de las “Tierras del Santo”. Con tal motivo, desde su niñez, Mariquita Sánchez habitó alternadamente aquella casona ubicada en lo alto de la barranca (Quinta Los Ombués), con la otra de la calle Florida Nº 273 de Buenos Aires.

Ya adolescente Mariquita inicia un romance con el alférez de fragata Martín Jacobo Thompson, a pesar de la gran oposición de su padre que le tenía previsto otro candidato. Mariquita no cejó en sus intenciones, lo que le valió que su padre la confinara en su quinta de San Isidro, a la que también iba el impetuoso Thompson para mantener con ella secretos encuentros. Descubierto el juego, don Cecilio Sánchez de Velazco terminó por recluirla en la Santa Casa de Ejercicios de Buenos Aires. Luego de cuatro largos años de oposición, fallecido ya el don Cecilio, los perseverantes novios pudieron contraer matrimonio el 29 de julio de 1805.

Fueron hijos de este matrimonio: Clementina (1807), Juan (1809), Magdalena (1811), Florencia (1812) y Al­bina (1815).

Mariquita Sánchez de Thompson pronto demostró ser una mujer a quien le preocupaban los asuntos públicos, tema vedado a las mujeres por aquel entonces.

El 22 de Mayo de 1810, Thompson fue uno de los cabildantes que se pronunciaron por la independencia, y donó poco después, 3 onzas de oro para equipar la expedición auxiliadora al Alto Perú.

Mariquita abrió las puertas de sus salones para recibir a intelectuales, científicos y extranjeros ilustres que descubrieron en la anfitriona una personalidad seductora y de singular ilustración. A su salón -comparado con aquel otro famo­so de la marquesa de Sevigné- concurrieron Liniers, Pueyrredón, San Martín, Alvear, Balcarce, Sarratea, Rivadavia, Brown, fray Cayetano Rodríguez, Esteban de Luca, Vicente López y Planes y Blas Parera, éste último -según la tradición- fue quien hizo escuchar por prime­ra vez las estrofas del Himno Nacional en una de aque­llas veladas.

Himno Nacional Argentino - Fray Pedro Subercaseaux Errázuriz

Martín J. Thompson debió ausentarse para representar al país ante el gobierno de los Estados Unidos, el 8 de febrero de 1816. Fracasada su misión fue destituido en 1817 -según se afirmó- por la venta de patentes de corso en blanco y por excederse en sus comisiones. Manuel Hermenegildo de Aguirre le escribe a Mariquita: “Se dice que Thompson está en un hospital, irremediablemente loco”. Su esposa manda repatriarlo pero el enfermo muere en alta mar el 23 de octubre del mismo año.

Mariquita Sánchez, ya viuda, comenzó una nueva vida social, y es una de las fundadoras de una Sociedad de Beneficencia. Ocupó los cargos de secretaria y presidenta de esa institución.

En 1820 contrae segundas nupcias con el cónsul ge­neral de Francia, Washington de Mendeville, un hombre afecto al lujo y la buena vida, a costa del patrimonio familiar. Mendeville volvió a Francia en 1835 y allí se quedó.

La amistad de Mariquita con Rivadavia hizo que colaborara con sus ideas e iniciativas, trabajando activamente para establecer las primeras escuelas para mujeres. Al respecto le escribe a su amigo, Este­ban Echeverría: “Si en todas partes es difícil la educa­ción de la mujer, entre nosotros y en la actualidad es más difícil aún, y lo mas triste es que nadie educa a los hombres”.

Doña Mariquita Sánchez de Mendeville emigra a Montevideo en tiempos de Rosas (no sin antes comunicarse por carta con el Restaurador, a quien consideraba “un hermano”), donde vivió 13 años colaborando con los proscriptos en su campaña opositora que desde el exterior le hacían al régimen federal. Luego del triunfo de Caseros regresó al país, reabriendo sus salones, donde reunió nuevamente a los intelectuales de su época, a la vez que se desempeñaba como inspectora de la Escuela Normal. Culta e inteligente, mantuvo una nutrida correspondencia con Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, y fue autora de memorias y poesías que no han sido publicadas, lo que le valió que Echeverría la distinguiera con el apodo de “Corina del Plata”. Sus últimos años transcurrieron en la quinta de San Isidro, la que fraccionó para facilitar la urbanización del pueblo, “donando al municipio las principales ca­lles”.

María de Todos los Santos Sánchez de Mendeville fa­lleció en su casona de la calle Florida el 23 de octubre de 1868 (había vendido la chacra en 1829) a los 82 años de edad, y sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta.

El Museo Histórico Nacional conserva su retrato realizado por Manuel Rugendas en 1845. Sus cartas fueron di­fundidas por Antonio Dellepiane en su obra “Dos patri­cias ilustres”; Juan Cruz Varela le dedicó una estrofa en su “Corona de Mayo” y el pueblo de San Isidro la recuerda como ilustre vecina con una calle que lleva su nombre.

Hechos destacados

El Museo Histórico Nacional conserva su retrato realizado por Manuel Rugendas en 1845. Sus cartas fueron di­fundidas por Antonio Dellepiane en su obra “Dos patri­cias ilustres”; Juan Cruz Varela le dedicó una estrofa en su “Corona de Mayo” y el pueblo de San Isidro la recuerda como ilustre vecina con una calle que lleva su nombre.

Su casa en San Isidro

En 1812 heredó la "Quinta Los Ombúes", en San Isidro. Esa casa fue declarada Monumento Histórico Nacional en el año 2007 para su preservación como testimonio del pasado local y nacional y se convirtió en Museo Biblioteca y Archivo Histórico de San Isidro Dr. Horacio Beccar Varela.

¿Cómo llego al Museo?